Esa real importancia de descubrir qué hacer, cuánto no decir,
esperar o desesperar y cuándo elegir entre todas las variedades de ideas
independizadas del saber común, de la ironía generalizada, propia de un diciembre
de fin del mundo.
Siempre hay un hasta luego, un bienvenido, una
despedida y la alineación de un par de planetas, una escalera hacia el no se dónde, y un
excesivo uso de puntos suspensivos que contagian al sarcasmo, y ahí se van
cerrando los ojos ante la pantalla fría y silenciosa de un momento interno de invierno
y soledad en pleno verano, y pienso que no todo puede ocurrir en un instante, a
veces un instante puede destellar un todo…
Pasé horas entre
paredes eternas, ahora humedecidas por el tiempo y la nostalgia, un par de
habitantes que prefieren vivir entre las ruinas de un pasado desmoronándose, el
cielo resplandeciendo ante mis pies
desnudos y una mirada de cuatro mil ojos, todo recuadrado en el espejismo de un
día casi perfecto si no fuese por la cantidad de ideas yuxtapuestas que me
invadieron en cada segundo.
Dicen que las
elecciones hay que sostenerlas, y eso da sentido a la vida, pero decidir a
veces es tan banal como jugar a las cartas cerca del mar, en dónde se revuelven
con el viento y los médanos…Y es ahí cuando vuelvo a creer que el arte
resignifica cada momento, de una pequeña vida de departamento a media luz
también, devolviéndole aire a la noche de
insomnio, de cine y té de vainilla…